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Cuento

17 Oct

Hace poco participé en un concurso literario, leí atentamente las bases del mismo pero no tuve en cuenta un pequeño detalle, el cual me dejo fuera de competencia.

Desde el 2006, el Instituto de Cultura Brasil Colombia (IBRACO) con la Embajada de Brasil, realiza el Concurso Literario El Brasil de los Sueños, consiste en presentar trabajos sobre diferentes tópicos culturales del Brasil, y premia los mejores relatos presentados.

Se han premiaron relatos sobre el imaginario que se tenía del Brasil; y se han homenajeado escritores tales como Jorge Amado, Machado de Assis y Nélida Piñón.

Mi error fue escribir desmedidamente sobre una temática que nada tenía que ver con Brasil, ni con su cultura. Pero fue interesante participar porque nos dieron un fragmento de una de las obras de Machado y se debía continuar desde ésta para crear el cuento.

En fin, como me descalificaron, ahora puedo presentar mi relato aquí.

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” […] De repente, murió: que es cuando un hombre llega entero, pronto de sus propias profundidades. Se pasó para el lado claro. La gente muere para probar que vivió. Pero ¿qué es el pormenor de ausencia? Las personas no mueren. Quedan encantadas…”

Esa sensación de infortunio mitigaron las ansias  por el mañana, día que jamás llegaría. Él lo sabía, lo esperó toda su vida. Planeó su testamento, volvió a enamorar a la mujer con quién llevaba medio siglo casado, me regaló horas de felicidad, perdonó deudas y pagó las suyas, todo en un mes, porque quería ser recordado como un hombre noble. Pero aun con todo no estaba preparado.

Mensualmente era visitado por una fuerza caótica de edades diferentes, rostros disimiles, sexos contrarios, voces tan anónimas, pero siempre el mismo nombre: Muerte. Esa fue la única herencia que me dejó.

Mi padre murió poco después de hablar con un insólito y mensual amigo, junto al extraño olor de otoño, cerca a la brizna de aire que hacía bailar las hojas secas. Años más tarde, cualquier rincón en la casa me inducia a reflexionar una y otra vez en los secretos de mi padre. Pronto se devalaría el principal. 

Una docena de veces al año vi conversar a mi padre con un desconocido. Nunca vi su rostro, ni escuché su voz, pero ayer tuve el desafortunado encuentro:

-“El ser más temido del mundo por los siglos de los siglos, engendrado antes que Caín y Abel, vivo aun después de que tus nietos mueran, hoy es tu socio” -me dijo con voz siniestra introduciéndome a su mundo. Yo estaba abstraído en un torbellino de confusión, ensimismado en mis pensamientos lejanos, fui interrumpido por su mano huesuda que posó sobre mi hombro, no necesité de explicaciones verbales, me provocó una visión que me lo reveló todo:

Vi a mi padre y este anónimo socio. Un pacto firmado con sangre, una promesa, un testamento y unos meses después un bebé, yo; riqueza y desgracia.

Muerte le dio todo lo que mi padre poseía, aun el poder de engendrar en mi estéril madre, mi nombre: Frederick. Cada mes, le reclamaba una vida, mi progenitor asesinó a cientos por seguir viviendo hasta que un día se cansó, exactamente el día en que Muerte volvió por su cansada existencia. Y luego yo me toparía con este maldito destino: matar para vivir.

Su voz parecía letal, cada palabra desgastaba mi respiración, me impuso su plan de exterminio, me prometió cien años de vida, riquezas, prestigio; dijo que no tenía otra opción y que mi hijo mayor continuaría con la horrible tradición. Era suyo, no dije nada, no pensé nada, ya me sentía como un cuerpo sin vida. ¿Acaso tenía yo el derecho de acabar con el aliento de otro? Sería un miserable, un desdichado, un egoísta.

Esa noche llegué a casa, lloré intensamente porque dentro de 31 días moriría; no era el temor a morir, era el sufrimiento que se le acercaba a los míos. Me calmé. Desperté a mi esposa con leves besos, olvidándome de todo menos de ella, la invadí de caricias y ella cedió a mi deseo, la llama ardiente de la pasión calcinó nuestra piel, le incineré el sueño inflamando su deseo por mi, nos hicimos uno y en un solo latido, desnudos descansamos hasta el amanecer.

Dejé mi trabajo y disfruté de cualquier placer que tuviera a la mano: absorbía espontáneamente el oxigeno entre mis pulmones, el aire fresco me vitalizaba; detallé las texturas de cada comida, cada bocado lo trituraba lentamente dejando deslizar por mi paladar exquisitos platillos; viajaba todos los días a los paraísos más  alejados del planeta, encanté a mis ojos de la belleza natural; hice muchos amigos y me regocijé con su presencia, con cada conversación, con cada sonrisa; me sentía realizado y satisfecho, al lado de la mujer que me enseñó amar… esa sensación, esa verdad, melancolizaba mi vida, quería sentir eso por más tiempo, pero me habían privado de tan magno derecho.

Decidí no matar, no vivir. Tuve elección, como la tiene todo mortal, de hacer el bien y no el mal, aunque eso me costara el precio incalculable de respirar.

Muerte, me visitó en la cumbre de mis días, quería clausurar mi dolor, me dijo que se alimentaba del mal, que el privilegio de morir de vejez estaba reservado para los buenos, y que yo era uno de esos. Pero, con una nostalgia oscura susurró:

-“No me has obsequiado el alma de ningún mortal. Nadie se libra de mi única visita. No eres la excepción. Pero te observé detalladamente. Disfrutas lo poco tanto como lo mucho. Encontraste el sentido a todo, te rodea el amor de todo el que te conoce, y perdiste el temor… a mí”.

Comprendí su negro desahogo, ansiaba mis escurridos minutos, tenía celos de mi mujer, quería ocupar mi corta existencia, el suspiro de mi vida. Su dedicación le pareció tan patética, tan absorta de vacío. Ni siquiera podía llorar, sentir; un rostro sin expresión, sin emoción; no respiraba, sus latidos no se escuchaban porque no tenía corazón.

En un desespero y en un giro tan volátil, me propuso la inmortalidad. Con la misma enérgica sorpresa le dije que sí. Me engañó, en realidad robó mi vida, mi nombre y  todo lo que me poseía. En el instante conocí el día de mi muerte, que ahora le pertenecía solo a él. Yo tomé su lugar, pero también lo engañé intensamente. No lo visité en su fecha de vencimiento, y al resto de la humanidad visité también tarde.

Yo, Muerte, me esfumé, no tenía como saciarme. Poco a poco la maldad se fue apagando del mundo. Los hombres buenos se llenaban más de vida, y el escaso y raquítico recuerdo de un pasado tan frágil se extinguía con mi silencioso suspiro, cerrando tiernamente los ojos de aquellos ancianos que no se cansaban de ver y amar a los suyos hasta el último día, en que los encantaba en un sueño profundo y sin dolor.

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Jorge Rivera (c) 2012

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Publicado por en 17 octubre, 2012 en Grafía, Grandioso

 

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