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La Hoguera de las Vanidades

06 May

Ambición santa versus vanidad humana

Si eres cristiano  o lideras a un grupo, te recomiendo seguir con la lectura hasta el final. Sino lo eres igual, sé curioso.

“La gente solo quiere ser famosa para luego ponerse gafas oscuras y que nadie los reconozca” (Woody Allen)

“Quiero que te acuerdes de mi cara y mi nombre, porque algún día voy a llenar los estadios”; no se cuantas veces he escuchado esa frase, una y otra vez, a través de las redes sociales, por teléfono, correo electrónico y estoy seguro que me seguirá llegando a través de los próximos sistemas de comunicación que se inventen de aquí al futuro, como si la meta de “llenar estadios” o ser “conocido” fuera el éxtasis del ministerio, lo máximo a lo que un líder pudiera aspirar.

Por supuesto hay otros sueños del mismo tenor: “Se que voy a grabar un disco”, “Dios me dijo que voy a ser el próximo Presidente de mi nación”, “Voy a escribir un libro que será un éxito de ventas”, y decenas de ejemplos similares. Es muy extraño recibir un correo electrónico de alguien que se sincere y diga: “No tengo idea en que Dios podría usarme, pero si acaso El pudiera hacer algo con lo poco que soy, yo estaría dispuesto a serle fiel y estaré eternamente agradecido por haberse fijado en mi”, una oración hecha así es un artículo de lujo que actualmente escasea en nuestro ámbito.

Alguna vez, un respetado evangelist, Carlos Annacondia dijo: “Hay muchos líderes que están mas enamorados del éxito que de las almas”, y fue una de las verdades mas valiosas de las que haya oído. Frases como: el evento mas histórico, la cruzada mas grande, la iglesia mas relevante, el líder mas ungido, el disco mas vendido, el libro mas agotado, todo lo que sirva para acariciar nuestro ego, hacernos sentir seguros y por sobre todas las cosas, hacernos creer que estamos logrando ser populares y por consecuencia, extendiendo el evangelio, hace que tengamos eco años después de que el sonido cesó.

La psicólogos consideramos la fama como un impulso primario de la conducta y los cristianos no están exentos de ese síndrome. El psicólogo Orville Gilbert Brim afirma: “La urgencia de alcanzar reconocimiento social se presenta en la mayoría de las personas, incluso en aquellas para quienes no es accesible y sus raíces pueden estar en sentimientos de rechazo, descuido o abandono. Los que buscan ansiosamente fama lo hacen por el deseo de aceptación social, por encontrar algún tipo de seguridad existencial. La fama parece ser un bálsamo para la herida que deja la exclusión social”

Toda espiritualidad que se promueve ya tiene algo de enfermedad. Todos aquellos líderes que van por la vida propagando sus virtudes estarán siempre a un paso de la catástrofe moral y espiritual. Cuando escuchamos a personas que hablan de si mismas como si fuera de otras personas, de un personaje, es porque estamos ante un candidato al desastre. La historia es un fiel testigo que esto siempre fue así. Por eso es preocupante que haya tantos jóvenes queriendo “llenar estadios”, “conmover naciones” o “llegar a la televisión” y no porque esas metas estén mal en si mismas, sino porque es muy probable que la motivación este totalmente fuera de la voluntad de Dios.

Conquistaremos el mundo, Pinky!

He leído libros motivacionales como “El código del campeón” y “Destinado al éxito” en los cuales Dante Gebel inspira a los líderes y a los lectores jóvenes a procurar los mejores dones, a no conformarse con la mediocridad, a soñar con cosas grandes; pero cuando escuchamos frases que hablan de “estar ante multitudes” como si se tratara de alzarse con un Oscar de la academia de Hollywood, percibimos que tal vez haya un concepto que algunos mal interpretaron o que por lo menos se saltearon la parte mas importante del proceso.

En algún punto los líderes cargamos cierta responsabilidad. En ocasiones la premura de un mensaje de cuarenta y cinco minutos durante un congreso, o simplemente la arenga en un servicio: “Que Dios cumpla tus grandes sueños!”, pueden llegar a confundir a las personas sin son aplicadas fuera de contexto, esencialmente a aquellos que esperan tomar identidad prestada del ministerio al que aspiran llegar.

No podemos pretender llegar a la cima ahorrándonos el trabajo de escalar la montaña. La búsqueda intensa de Dios, el precio de sembrarlo todo (en ocasiones hasta las finanzas y los bienes personales) y el deseo que Dios nos utilice en dónde El considere que pueda hacerlo, son condiciones determinantes para que un sueño o una visión pueda ser alcanzada, de otro modo, corremos el riesgo que solo se trate de un mero proyecto personal.

Una vez un líder prometedor -en términos ministeriales-, con cierto grado de carisma, lo que parecía un llamado claro y enfocado hacia los jóvenes, se las ingeniaba para hacer eventos en donde mezclaba la música de distintos géneros con la predicación. Su único “talón de Aquiles” era un notorio deseo de estar haciendo algo “majestuoso e insuperable”. En lo personal disfruto mucho la comunicación efectiva y conozco aquello que las agencias de prensa llaman“branding”, que no es otra cosa que el posicionamiento de una marca a través de una buena campaña de promoción dirigida a un público cautivo o un slogan pegadizo, pero en este caso no se trataba de una simple promoción publicitaria, sino que la motivación del muchacho era demostrar que estábamos ante un nuevo concepto en materia de liderazgo, superando todo lo conocido hasta la fecha y en ocasiones, hasta subestimando la manera en que otros lo habían hecho. Deje de recibir en mi correo sus suscripciones a eventos, aunque estos eventos no se realizaban en Colombia.

Y lo mas triste, es que luego de cada evento aparecían las gacetillas de prensa infladas con números ficticios donde contaban como “toda la historia” de un país había cambiado a partir de su evento o como los continentes enteros pedían a gritos que su ministerio pasara por su país. Me remontaba a dos simpáticos personajes de la Warner que solían decir:

–       Dime, Cerebro, ¿Qué haremos mañana?

–       Lo de siempre Pinky… conquistaremos el mundo!

Lo cómico de la frase no era el deseo de conquistar la tierra, sino que se trataba de dos simples ratones blancos de laboratorio, jugando a ser los grandes líderes del nuevo orden mundial.

Cada vez que lo recuerdo siento pena ajena en lo profundo del corazón. Porque son líderes que pudieron haber continuado con la noble tarea que otros comenzaron, pero su deseo por ser los mejores, por ganar en los números o en ocasiones por desacreditar el trabajo ministerial de sus colegas o quienes los precedieron, terminan por marginarlos a la zona gris del ministerio, aquel lugar donde quedan los que pudieron ser.

Actualmente sigue organizando eventos y contando dedos en vez de gente. De vez en cuando visito su web, pero ha perdido su credibilidad, nada menos que el principal crédito que puede tener un líder íntegro.

La delgada línea roja

La pregunta del millón es: cómo podemos diferenciar la delgada línea de la ambición santa y la propia vanidad humana? Los líderes luchamos todo el tiempo para no cruzarla y en mas de una ocasión nos despertamos del otro lado de la frontera.

Seamos honestos: todos queremos ser personas especiales, quien diga que solo pretende ser uno mas del gentío, posiblemente le falten las aptitudes necesarias para ser un líder, toda persona que posee cierta ascendencia sobre los demás debe tener una cuota de “ambición espiritual”, si se me permite el término.

El deseo de crecer, de multiplicarse, de llegar a mas lugares, de alcanzar a la mayor gente en el menor tiempo son algunas de las metas de los que servimos al Señor.

Confieso que me atrae mas predicar a mil personas que a una veintena, pero reconozco que disfruto de ambas -sinceramente-, sin embargo no es un secreto que todos queremos ver a cientos de personas tener un encuentro con el Señor y si además podemos ser los instrumentos para que eso suceda, nos hará sentir que estamos ganándonos nuestro derecho a vivir y siendo fieles a nuestro llamado original.

Convengamos que todos los líderes preferimos el hambre por hacer algo mas, que la mediocridad del estancamiento.

El problema gravita cuando los líderes poseemos conflictos interiores no resueltos, una baja autoestima de la cual no hemos podido librarnos en nuestra vida pasada y necesitamos obtener identidad o sanar nuestra estima a través del ministerio. Es allí cuando el llamado a predicar (en cualquiera de sus formas) ya no nos importa como la misión en si misma, sino que lo utilizamos para hacer catarsis, para canalizar nuestros sentimientos de baja estima.

Robert De Niro le dijo una vez a un periodista que todos los actores que se dedican a esa profesión simplemente lo hacen porque tienen una estima destrozada y necesitan ser una celebridad para poder seguir viviendo, y aunque no me consta que sea la regla general para toda la comunidad de Hollywood, es muy probable que haya muchos casos similares en nuestro ámbito.

La humildad y la modestia escasean en la iglesia, predicadores que con el ánimo de edificarnos contándonos sus “testimonios”, terminan narrando una biografía donde Dios queda en segundo plano. Me evito redactar frases patéticas que he escuchado, porque son tan desabridas que me irritan las huellas dactilares.

La motivación correcta

Con el pasar del tiempo me he dado cuenta que si nuestra estima no está sana, en algún momento nos va a traicionar y terminará empañando el ministerio que Dios nos entregó.

No estoy hablando de la falsa modestia o la tontería que en un afiche aparezca mas grande el nombre de Jesucristo que el nuestro, o la estrategia que elijamos para hacer publicidad de un evento o de nuestro propio ministerio. Me refiero a cuando aún no tenemos resueltos ciertos conflictos que terminarán drenando nuestro futuro en el Reino de Dios.

La Biblia es clara respecto a este tema puntual, cuando el apóstol Pablo le escribe a la iglesia de Roma y los exhorta diciendo: “Por la gracia que se me ha dado, les digo a todos ustedes: Nadie tenga un concepto de si mas alto que el que debe tener, sino mas bien piense de si mismo con moderación, según la medida de fe que Dios le haya dado” (Romanos 12:3). La escritura no dice que tengas que tener un concepto bajo de ti mismo ni tampoco alto, sino una imagen descarnada de lo que realmente eres.

Hay tres ópticas de ti mismo: como te ven los demás, como te ves a ti mismo y como realmente eres, esta última es el concepto exacto que debemos tener de nosotros mismos, conocernos con nuestros aciertos y errores, nuestros adjetivos positivos y miserias. Ese es el eje que nos mantiene en perfecta sintonía entre la humildad y la estima sana. Quienes exponemos nuestra intimidad ante Dios y conocemos a fondo nuestra miserias, no tenemos manera de enorgullecernos solo porque la providencia divina nos coloca frente a un ministerio. Nuestra vida privada es la que nos mantiene conectados a la torre de control, la vida pública es solo una consecuencia de lo anterior.

Años atrás lideré un grupo de teatro por mucho tiempo, por cuestiones de poco personal y bajo presupuesto, era yo quién escribía los guiones, capacitaba a los actores, diseñaba los vestuarios, hacía la publicidad, creaba los efectos de sonido, pero estaba totalmente prohibido dejar de darle crédito, a quienes actuaban y pertenecían al grupo, sin ellos y su talento lo demás sería descolorido. Eso me ayudo a disfrutar mil anonimato, y cultivó en mí la sencillez.

No me mal interpretes, deseo que todos los capacitados para vivir el éxito lo hagan, si es conveniente. Esto no se trata de una confabulación en tu contra, es por ello que quiero hacerte un par de aclaraciones pertinentes al caso.

Yo si quiero que se levanten predicadores de multitudes, deseo que muchos de nuestros líderes ganen premios, sean relevantes en la sociedad, promuevan una nueva cultura, sean formadores de opiniones, manejen cadenas televisivas y logren ser personajes influyentes; de hecho, Dios permita que tu seas uno de ellos!

Por eso quiero dejar claro que el problema no incide en tener un sueño grande, lo patético es que tu motivación sea la equivocada o lo que es peor, que ni siquiera estés dispuesto a pagar el precio para que eso suceda.

Si quieres “llenar un estadio” solo porque te gustaría verte allí, en medio de una ovación y rodeado de flashes fotográficos, lo mas probable es que nunca alcances ese sueño porque Dios no tiene que ver en el asunto, es solo una ambición como aquella que puede tener una niña de llegar a ser bailarina o un muchacho con ser astronauta, solo que en este caso está disfrazado de reverencia. Pero necesitamos sincerarnos de forma brutal y decir: “¿Porqué quiero ser famoso? ¿Porqué necesariamente quiero ser relevante?” y si la respuesta es porque queremos mostrarle a los demás que Dios nos usa, debemos regresar a las bases de manera urgente.

¿Cuántas veces hemos oído a alguien decir: “Ya Dios me va a levantar y le va a tapar la boca a los que no creyeron en mi”?, y aunque como en el caso de José, algún día quienes te vendieron se inclinen ante ti, o como en el caso del salmo de David el Señor “prepare la mesa para ti, en presencia de tus angustiadores”, la motivación sigue siendo incorrecta, Dios no va a levantarte para calmar tu sed de venganza o de revancha ante los demás. Como dije al principio, la línea es demasiado delgada, pero no deja de ser una frontera que no debiéramos cruzar.

Hay mucho que decir al respecto, incluir lo practico, ya se habló mucho de teoría, pero este post cada vez se alarga más, por eso:

Ésta historia continuará…

 

Adaptación de Asuntos Internos, Dante Gebel y Lucas leys.

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4 comentarios

Publicado por en 6 mayo, 2012 en Grafía, Guía de Vida

 

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4 Respuestas a “La Hoguera de las Vanidades

  1. Anónimo

    6 mayo, 2012 at 11:51 AM

    Ja! Te crees que sabes mucho…

    Me gusta

     
    • Anónimo

      11 mayo, 2012 at 8:19 AM

      No se cree que sabe mucho, es su blog y él puede reflrexionar sobre los temas que se le antojen y este es uno de sus temas, ya que es un fiel creyente.

      Me gusta

       
    • georgecodex

      13 mayo, 2012 at 9:07 AM

      Amigo es opinión pública, no es física cuántica.

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